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La diversidad y la tolerancia, realidades compatibles

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La importancia del respeto muto

Después de varias décadas dominadas por la discriminación y el odio hacia todo aquello diferente o que se escapa de lo tradicional, parece que por fin ha tenido lugar el apogeo máximo de la diversidad, en todos los sentidos de la palabra. La visibilización ha sido, en gran parte, gracias a la globalización y a la cooperación entre países con culturas diferentes pero con objetivos similares. Y en esta tarea han jugado un papel imprescindible las redes sociales. Hoy en día se comparte absolutamente todo a través de Instagram, Twitter o Facebook, por citar algunas. La vestimenta, las comidas, la localización, el estado de ánimo… y por supuesto, las parejas.

Hace unos años resultaba inviable contemplar a personas homosexuales como individuos “normales” o con los mismos derechos que los individuos heterosexuales o, de nuevo, “normales” por naturaleza. Pero, ¿quién tiene la potestad suficiente para decidir que algo no es normal? Y más aún, ¿qué significa ser normal? Desde luego, todos los seres humanos cuentan con los mismos derechos universales por su condición de personas, por lo que aspectos relacionados con su sexualidad, creencias religiosas, políticas e inclusive el género, quedan completamente aparcados. Sin embargo, en la práctica esto no es así. El color de piel, la orientación sexual o incluso la forma de vestir siguen siendo aspectos sobre los cuales se critica y se hace mella en la mente de las personas, pues se escapa de aquello que se considera cotidiano. No obstante, la realidad en pleno 2018 es otra y la evolución ha dejado constancia de ello.

                                                                                                                      Pintalabios de colores / PIXABAY

 

 Los chicos que se maquillan, las personas transgénero, o los pansexuales son sólo una muestra de la diversidad que ha permitido la evolución natural. De nuevo, antiguamente se habría machacado a un hombre por pintarse los labios, a una mujer por firmar algún documento sin el consentimiento de su marido o a cualquier persona por besarse con otra de su mismo género. Los tiempos han cambiado y la sociedad, en gran parte, también. Pero por otro lado, todavía hay flecos que pulir, pues la Tierra no es un mundo utópico.

Miles de niños y adolescentes sufren bulling en los institutos de todo el mundo por sus gustos, personalidad y forma de ser. Y es en los centros de enseñanza donde más esfuerzo y trabajo se necesita en este aspecto. Los jóvenes constituyen la nueva generación que se encargará de sustentar el espacio en el que les ha tocado vivir y, por ello, es necesario abrir sus mentes hacia la diversidad y el respeto como formas de vida. Las charlas, conferencias o encuentros programados con personas afectadas son el primer paso, aunque desgraciadamente no son tan frecuentes como deberían. Uno de los principales temas que ocupan titulares de prensa todos los días es el machismo y la violencia de género, una lacra cuyo fin está lejos de alcanzarse. Y es precisamente en la educación dónde hay que invertir más recursos para instruir a esta nueva generación. El principal problema llega cuando los datos salen a la luz. Según un informe de la FAD de 2017, uno de cada cuatro adolescentes ve “normal” la violencia de género en la pareja, manifestada esta a través de acoso verbal, físico o psicológico.

Por todo ello, es imprescindible la visibilización constante y continuada por parte de todos aquellos individuos que puedan sentirse amenazados o afectados, pertenezcan a colectivos o sean sujetos aislados. El objetivo es y ha sido siempre hacer del mundo un lugar mejor. Y no se está tan lejos de conseguirlo. Si se realiza una retrospectiva la evolución del ser humano ha sido impresionante, si bien es cierto que no se ha producido del mismo modo en todas las naciones, algunas con elementos culturales o sociales que mantienen una visión tradicional o diferente. Hay que seguir trabajando en pro de dar voz a todos aquellos que no la tienen. Las organizaciones, sindicatos y empresas sin ánimo de lucro trabajan constantemente con dichas metas como filosofía corporativa. Solo el tiempo dirá cuán grande ha sido la trayectoria y el peso de los humanos a la hora de cambiar los pilares de un mundo que se ha sustentado hasta ahora en valores discriminatorios y despectivos con respecto a las diferencias. Pero la verdadera riqueza de un territorio o nación radica en sus ciudadanos, cada uno de ellos distintos y, al mismo tiempo, iguales. Todos ellos hermanos y compañeros que luchan por objetivos similares, más de lo que pueden pensar en un primer momento.

 

“Una parte del progreso social implica entender que una persona no queda definida únicamente por su sexualidad, raza o género” Tim Cook

 

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