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Los jóvenes revolucionarios

El otro día me vi en una conversación que me abrió bastante los ojos. Alguien estornudó y mi reacción fue decirle: “¡Salud!”, a lo que un señor me replicó: “Será ¡Jesús!”. Ahí comenzó la tensión, una conversación que se volvió una reivindicación. Le expliqué que esas palabras se las reservaba a todos aquellos que creyeran en Dios, pero que no era mi caso y que por eso contestaba con mi más gentil: “¡Salud!”.

Al parecer, no le sentó muy bien a este señor de unos sesenta y pico, que dijera que yo no creía en Dios, por lo que intentó convencerme de que yo creía, que aunque yo dijera que no, yo creía. Yo creo, claro que sí, pero en la ciencia, en la evolución, y, sobre todo, en la libertad. Yo soy libre de elegir si creo o no, si quiero creer o si prefiero dejarle esa tarea a otro, que para eso estamos en un país laico.

«Yo soy libre de elegir si creo o no, si quiero creer o si prefiero dejarle esa tarea a otro, que para eso estamos en un país laico»

Entonces comenzó la discusión por la libertad. Este sujeto, vino a contarme que, la mujer no sería nada sin el hombre, que el hombre le ha dado todo y le sigue dando todo a la mujer. Y ahí fue cuando mi réplica subió de tono: “Yo soy mujer, independiente, libre. Trabajo, estudio, estoy independizada, no dependo de un hombre para llevar a cabo mi vida, me costeo todo y decido sobre mí. No necesito ni a mis padres para que me mantengan, ni a mi novio para que me proteja”.

Este episodio tan incómodo, me sirvió para darme cuenta de que, como este sexagenario, hay otras muchas personas en España que defienden este pensamiento. Que la desigualdad nunca acabará hasta que esa generación perezca. Es triste, pero real. La sociedad machista que actualmente persiste nació allá por los años treinta, pero en aquella época era normal, la mujer era un objeto, un vientre, un ama de casa. Hoy, el avance de la sociedad ha hecho a la mujer ‘digna’ de trabajar, de votar, de ser libre y decidir; el avance, y también la eterna lucha por la equidad que llevan desempeñando miles de mujeres desde hace décadas, como hizo en su día Clara Campoamor. Pero esta realidad la conocemos y defendemos los jóvenes, pues, para las generaciones anteriores es difícil de digerir, por lo que, los ‘jóvenes revolucionarios’ como yo, luchamos. Sí, pedimos algo tan raro como la igualdad.

Cuando escucho palabras como las que tuvo el detalle de dedicarme este señor, me doy cuenta de cuánto tiene que avanzar la sociedad todavía. Para que se acabe la superioridad del hombre sobre la mujer, para que se termine la violencia de género y seamos iguales de derecho, pero sobre todo de hecho. Para que se acabe con el patriarcado y se de paso a la sororidad. Porque, aunque muchos afirmen que, sin el hombre, la mujer no sería nada, ellos no se dan cuenta de que, hasta el hombre más fuerte, más poderoso o más inteligente, nació de una mujer.

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