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Para qué sirven las terrazas de pueblo

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Estos lugares, poco a poco abandonados, demuestran tener relación con la supervivencia de las pequeñas aldeas

Cuando se acaban las pilas de un reloj, sus manecillas quedan congeladas. Si alguien se encuentra atrapado en una habitación sin ventanas, a solas con ese reloj, ¿cómo puede saber si el tiempo sigue avanzando? Hemingway afirmaba que lo único que nos separa de la muerte es el tiempo. La primera vez que enunció esta máxima seguramente lo hizo en estado de embriaguez, algo que atestigua su carga de verdad y nos lleva a pensar que, al detenerse el minutero, quizás nosotros nos paramos con él. Entonces, hasta que las manecillas avancen, ese pobre desdichado que quedó encerrado con un reloj sin pilas se encontrará indefectiblemente muerto.

Verán, crecí en un pueblo y puedo certificar que en ellos el tiempo no avanza, no al menos de igual manera. Es como si el reloj llevase tiempo parado. Escribo esto desde el lugar en cuestión y no me atrevo a asegurar que aquí todos hayamos ya fallecido. Pero, a pesar de mis reticencias, es en una aldea como esta o las vecinas donde uno aprecia de forma más nítida las señales de la muerte. Cuando un pueblo viene a la memoria, suele traer consigo las calles aún sin asfaltar, los amores que no fueron -ni se quedaron cerca de ser- durante las primeras noches de septiembre, o el eterno bar de verano en la plaza, aún más viejo que sus inquilinos, esos tres o cuatro hombres sin edad, poseídos por un particular síndrome de Estocolmo hacia el garito.

Incluso esos recuerdos están ya condenados. Los míos murieron cuando aquí llegó el asfalto, como una interminable serpiente de hormigón que se comió las calles. Murieron también cuando los amores empezaron a cumplirse y resultaron no ser para tanto -de haberlo sabido, cuantos versos de mercadillo se hubieran quedado en el tintero-. Pero, si alguna vez vi llegar de manera clara la sombra de la muerte, fue cuando retiraron la terraza del bar de mi pueblo. Uno no siente miedo ante esos virtuosos alardes de la parca. Es más similar a la sensación de angustia que se desata al despertar de un buen sueño, como si, de repente, hubieses olvidado el modo de enfrentarte a la vida consciente.

En realidad, la terraza ni siquiera duró un verano completo y, de hecho, no era para tanto. Las cuatro o cinco sillas de plástico, casi siempre vacías, reposando frente a un par de mesas heredadas sobre las que el agua o el sol habían hecho estragos. Clavadas allí como un organismo que no funciona, podrían haber sido sustituidas por una maraña de zarzas secas sin que nadie lo hubiese apreciado. No creo haber visto nada tan cercano a personificar la soledad. Sin embargo, y solo comprendería esto meses después, aquel lugar no era solo un atrezzo o una manida metáfora de la soledad. Aquella humilde terraza tenía una función muy clara que nadie alcanzó a detectar a tiempo. El retiro de esa función, aun sin que yo supiera de su utilidad, fue lo bastante dramático como para remover en mí la mencionada angustia.

Como ya habrán deducido, los pueblos pequeños, donde el tiempo no avanza, están dominados por la muerte. No hay necesidad de tirar de poesía o esbozar ambientaciones góticas: un día, ese perro que hasta llegó a resultarte simpático y que pasaba cada mañana frente a tu casa no vuelve a pasar. Tal vez tardes meses en preguntarte sobre él, si es que lo haces. Se paró su reloj y, como cuando la serpiente de hormigón se comió mis calles, eso es la sorpresa de la muerte que, valga la contradicción, aquí ya no sorprende a nadie.

El fallecimiento de un vecino, de un perro, de un bar o de una calle recién asfaltada, todos ellos se volvieron cotidianos. Por ello, déjenme darles un consejo o, mejor, lanzarles una petición. Si tienen un pueblo o al menos una aldea con terraza donde ser ave de paso, siéntense en ella. No desaprovechen la oportunidad de dar cuerda al reloj. Los pueblos se están muriendo, puede verse desde dentro. Y son esas solitarias terrazas -esta es la utilidad que no supe apreciar- una de las pocas maneras que nos quedan de luchar contra la muerte.

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