Periodismo Participativo en Red
 

“Era algo que siempre había querido hacer, para lo que me sentía llamado”

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Alberto Díez, nacido y criado en las tierras castellanas de Valladolid. Actualmente educador en el programa de personas sin hogar de Cáritas Diocesana de Valladolid y coordinador de varios espacios. Es un amante de la lectura y un apasionado del rugby.

Hace trece años emprendió una aventura que duró 7 años, desde el 2005 al 2011, únicamente venía como el turrón, por navidad. Su labor era trabajar en la zona que corresponde al Vicariato Apostólico de Puyo; provincia de Pastaza, la cual se caracteriza por ser una zona totalmente selvática con una densidad de población de 2 habitantes/km2.

Se encontraba con siete nacionalidades indígenas, una canoa y una avioneta como medios de comunicación para varias comunidades. Y hoy nos cuenta su historia:

-¿A qué se dedicaba profesionalmente cuando decidió irse? ¿Con qué ONG colaboró? ¿Por qué?

En el momento de irme cerré mi despacho de ingeniería agroindustrial en el que desarrollaba mi labor profesional como autónomo. Fui a través de Cáritas, entidad de la Iglesia católica en la que había colaborado mucho tiempo como voluntario. El plan ideal, como creyente, poder ir a Sudamérica y con esta entidad.

 

-¿Quién fue quién más le apoyo?

La familia sin lugar a dudas fue el mayor apoyo. Desde nuestra institución, Cáritas, el director siempre nos dio plena confianza en la labor desarrollada. Ambos en algunos momentos te cuestionan, lo cual es bueno porque así tú vuelvas a analizar tu decisión de marcharte y te reafirmas en ello.

 

-¿A qué se dedicaba allí? ¿Contaba con tiempo libre?

En un principio fui para impartir talleres de formación agroindustrial. En un internado de estudiantes de distintas nacionalidades indígenas, que por la mañana iban a clase y por la tarde trabajábamos en un taller. Esto completaba su formación y al tiempo permitía vender productos con los que ayudábamos al sostenimiento del internado. Después de poner en marcha una panadería y una fábrica de mermeladas, desarrollamos también unas ferias de trueque, un sistema de microcréditos y grupos de mujeres para trabajar su formación.

Poco tiempo libre tuvimos ya que además dormíamos en la Misión, que era también nuestro centro de operaciones, por lo que se hacía difícil separar trabajo y descanso. Pero en algún rato, salíamos a pasear y a conocer sitios de una belleza enorme, como la gran cantidad de cascadas en las que puedes darte un delicioso baño.

 

-¿Cómo ve los métodos de trabajo de allí? ¿Se adaptó bien?

Sorprende que en aquellos países los medios técnicos son buenos. Escuelas hay hasta en el lugar más remoto del mundo y los hospitales poseen equipos médicos muy buenos y totalmente actuales. El problema es la formación. Por eso nuestro proyecto, con alguna pequeña inversión en construcción y equipos, se basaba principalmente en nuestra presencia allí (dos personas) para trabajar de manera intensa la formación.

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FUENTE. ALBERTO DÍEZ

-¿Cuántas personas trabajaban entre voluntariados y trabajadores?

Nos incorporamos a la Misión, donde desarrollaban su labor más de 50 misioneros. En el proyecto que pusimos en marcha estuvimos dos técnicos seis años, en tres de ellos tuvimos tres voluntarios españoles que estuvieron cada uno un año. De la gente nativa, formamos un equipo de seis trabajadores y más de cien voluntarios, el resultado más satisfactorio de nuestra estancia.

 

-¿Ha vuelto a coincidir con amigos o trabajadores con los que coincidió allí?

Volví en 2014 y si Dios quiere este verano iré de nuevo un mes. Tengo contacto vía Internet y sé de buena tinta que el equipo sigue funcionando y que los proyectos siguen avanzando, con sus altos y sus bajos obviamente.

 

-¿Qué se aprende estando allí?

Que se puede ser feliz desde la sencillez y la autenticidad. Que queda mucho por hacer y que sigue habiendo gente con necesidades que avergonzarían a cualquier ser humano.

 

-¿Se le hizo dura la vuelta a España?

Sí, porque son seis años de tu vida entregados plenamente allí. Pero también es verdad que es justo ver tu momento para volver. Muchas veces creamos proyectos dependientes de las personas y eso no es bueno. Estoy convencido que volvimos cuando el trabajo estaba maduro y era positivo y necesario que ellos volaran solos.

 

-¿Nos podría contar una anécdota que le haya marcado especialmente?

Me marcó la primera noche que dormí en la selva. Yo pensé que era paz y tranquilidad, como en nuestros pueblos, pero cuando se mete el sol, todos los días a las seis de la tarde, empieza a funcionar otro mundo y el ambiente se llena de ruidos, movimientos… Para colmo, primero tuve que echar a una rata de mi habitación y después se coló un murciélago que hizo que estuviera atrincherado bajo mi mosquitera. Esa noche me pregunté muchas veces quién me mandaba ir allí. Después lo entendí y lo disfruté muchísimo.

 

-¿Repetiría otra experiencia cómo está? ¿Superó sus expectativas?

Totalmente. Volvería a ir sin lugar a dudas. Fue una experiencia a nivel personal muy enriquecedora a todos los niveles. Muy importante en mi madurez y proceso de vida.

 

-¿Qué consejo daría para que se anime más gente hacer voluntariados como es uso?

Diría lo que digo siempre. Que todos, allí donde estemos, aquí o al otro lado del charco tenemos mucho que hacer por los demás. Que eso nos hace y nos da la felicidad. Que dediquemos tiempo al silencio, y a nuestro interior, para ser capaces de discernir qué pintamos en este mundo, para qué valemos y qué se espera de nosotros.

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