Periodismo Participativo en Red
 

Mamá, quiero ser influencer

La felicidad a través de una pantalla

El siglo XXI ha dado lugar a una nueva profesión. Así es, aunque a muchas personas les cueste admitirlo. Los influencers, anteriormente conocidos como líderes de opinión, siempre han existido pero no ha sido hasta ahora cuando el término ha recibido una mayor aceptación por parte de la población. Patrocinadores de marcas, modelos, representantes de empresas… Los perfiles varían mucho pero lo que está claro es que el concepto ha calado en el conjunto de la sociedad hasta profesionalizarse prácticamente por completo. Y es que las compañías han comprendido el poder que dichas figuras poseen a la hora de movilizar a un gran número de usuarios o followers.

Todos los jóvenes y no tan jóvenes desean la vida de ensueño que se muestra en las redes. Las fotos publicadas en Instagram muestran paisajes, comidas, ropa, complementos e incluso situaciones de lo más apetecibles para los internautas. No obstante, no es oro todo lo que reluce. Si bien es cierto que las cifras presentadas por los periódicos en lo que respecta a las cantidades de dinero que se reciben al publicar un tweet, un post o un video se presentan como muy tentadoras no en todos los casos funciona del mismo modo. Internet cuenta con unos algoritmos y procedimientos matemáticos de lo más complejos, y en especial, las Redes Sociales. Por esta misma razón, no se puede generalizar en lo que respecta a los pagos obtenidos a través de la web.

Sin embargo, resulta especialmente preocupante la tendencia o inclinación hacia este nuevo trabajo por parte de algunos sectores. Algunos estudiantes, en especial, quedan hipnotizados ante esta posibilidad y automáticamente deciden convertirla en su sueño o meta. En la búsqueda de dicho objetivo, muchos de ellos abandonan sus estudios o carreras profesionales y lo dejan todo en pro de la creación de un nuevo perfil que los convierta en famosos y ricos. El problema reside en todo aquello que no se ve. Puede parecer evidente, pero aun así prevalece la tónica de la vida perfecta de “youtuber”. Y si a esto se añaden noticias como el suicidio de la influencer Celia Fuentes las mentiras que esconden las redes quedan más que patentes.

GENTE dulceida instagram

Los haters o trolls constituyen otro elemento fundamental en este territorio. Una vez se sube cualquier contenido a la red es susceptible de recibir críticas, tanto constructivas como destructivas. Sin embargo, en los últimos meses Internet se ha convertido en un hervidero de personas cargadas de odio, ira, resentimiento y con la única intención de promover conductas inapropiadas y generar malestar. La famosa bloguera Aida Domenech, más conocida en su perfil como Dulceida, recibió miles de insultos, amenazas, injurias y calumnias completamente exacerbadas por parte de una gran masa de usuarios enaltecidos y con el objetivo de destruir su figura pública. El origen de ello radica en unas fotografías publicadas por la también modelo en un viaje junto con su mujer a África. En la primera de las imágenes se puede observar a unos niños de una tribu que conocieron en un safari con sus gafas de sol, y en la segunda a su mujer tomando un baño en una bañera. El problema es que la zona en cuestión, Ciudad del Cabo, está pasando actualmente por una de las mayores sequías de su historia, hasta el punto de que se ha limitado casi por completo el uso del agua. Y en la foto con los chicos se proclamó por internet que se trataba de una campaña de propaganda, nada más lejos de la realidad, como demostró la “youtuber” en un comunicado oficial.

El universo digital es tan sumamente amplio que cualquier acercamiento resulta insuficiente para indagar en las causas y consecuencias de cualquier acto visto o vivido en las redes. Desde siempre es sabido por todos que cualquier movimiento realizado en público es visto con lupa y completamente analizado, pero resulta aún más profundo y completo cuando se produce en Internet, el espacio de todos para todos. Es evidente que la globalización ha traido consigo la creación de un macro cosmos cuyo centro de interés recae principalmente en la interactividad. Sin embargo, no por ello hay que olvidar una serie de valores fundamentales sustentados en el respeto, la tolerancia y el saber vivir por encima de todo. Al fin y al cabo el que una persona publique alguna foto en una red social no da el derecho a que se la insulte o veje con total vehemencia. Con cosas así la web no parece ser el resultado natural de la evolución de los seres humanos.

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