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No van ustedes a conocer a Dios

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¿Los avances de la ciencia nos acercan al Dios ya definido o, por el contrario, ante el cataclismo que supondría descartar su existencia, nos obligan a reinventarlo?

Ser creyente hoy en día es una batalla contra la racionalidad, desagradable para aquel que por herencia o incluso por libre elección (pocos valientes estos) se ve abocado a enfrentar este salto al vacío, a la vez que enfrenta la superioridad moral del otro bando. Y es que, con toda sutileza les diré esto para no caer en el pecado recién mencionado, ya no necesitamos a Dios para explicar el origen del Universo. No demasiado, al menos. Lo que no significa que no sea útil para muchas otras cosas, pero, estarán de acuerdo conmigo, le resta buena parte de su atractivo.

No es interesante plantear un debate en torno a la capacidad de raciocinio de los creyentes, algo que no debemos si quiera poner en duda, pues está ampliamente comprobado. Sí, los creyentes también razonan. De hecho, el propio Newton, ferviente cristiano, harto ya de que otros embarullaran con los designios de Dios a través de falsas profecías sobre el fin de los tiempos, desarrolló la suya propia. El padre de la ciencia moderna decidió dedicar importantes esfuerzos a determinar la fecha de la tan anhelada Segunda Venida y lo hizo a través del método más racional posible, eso sí, partiendo de una interpretación de las escrituras. Digamos, en resumidas cuentas, que mezcló su fe en dios con su fe en la ciencia, para terminar ofreciendo un resultado cuyo interés de base es mínimo, pues el propio Jesús dijo en el Nuevo Testamento que no sabríamos el día o hora exacta de Su regreso (Mateo 24:36). Aun así, ¿que llevó al de Wollsthorpe y a otras muchas mentes pensantes que se encuentran en el origen de nuestra ciencia a estar tan seguros de la existencia de Dios? ¿quizás fue el desconocimiento, la impotencia y la necesidad de dar nombre -como hacen hoy nuestros científicos con la materia oscura– a lo que aún carece de explicación?

Ondas gravitacionales detectadas por Advanced LIGO

Otro científico, en este caso alemán y de ilustre fórmula (E = mc2) aseguraba, aún sin haber llegado a abrazar la creencia de un Dios particular, que la ciencia sin religión estaba coja, mientras que la religión sin ciencia estaba ciega. ¿Se equivocaba Einstein? Quizás no en su momento, pero el trasfondo de su cita vuelve a recalcar que no hay necesidad de Dios en sentido estricto cuando la ciencia ha alcanzado la madurez suficiente que le permite andar erguida sobre dos patas. A estas alturas de siglo, dicha madurez es incuestionable. Estamos más cerca que nunca de entender la estructura del universo: ¿Ha sido Dios el que nos ha conducido hasta la reciente detección de ondas gravitacionales predichas hace un siglo por el alemán y que nos permitirán saber que ocurrió en el instante siguiente al Big Bang? Quizás, pero esto nos ha permitido ratificar que nuestro cosmos se expandió a una velocidad superior a la de la luz y que tal vez con ello pudieron generarse otros universos, lo que contrasta con la propia idea de ese Dios, al menos si nos ceñimos a las explicaciones dogmáticas. Esta es la cada vez más famosa postura de los multiversos (incomprobable y casi filosófica por el momento), que da una explicación plausible a lo sucedido antes de la gran explosión y ya aparece esbozada en series televisivas como Rick y Morty.

Lo cerca o lo lejos que estamos de Dios

Como les decía, cada vez estamos un paso más cerca de los muchísimos que nos quedan para comprender el cosmos y, sin embargo, ¿qué hemos aprendido sobre dios a medida que conocíamos nuestro universo? Nada o mucho, pero si se trata de lo segundo y ha sido esa propia deidad la que ha permitido históricamente los avances de la ciencia y la cosmología, debería revisar sus intenciones, pues comienza a ser evidente que está ayudando a desmentir su propia existencia. Paradójico, ¿verdad? Suele ocurrir al mezclar fe y ciencia. Aunque tal vez no hayamos comprendido todavía sus designios; en materia teológica siempre está la posibilidad de recurrir al adjetivo inescrutable, un sinónimo de “no podrá explicar esto, al menos no con nuestros argumentos”

No obstante, probablemente nos encontremos en el punto máximo que podemos alcanzar si queremos demostrar la no existencia de Dios. Ir más allá de aquí, como en sentido contrario, plantea dificultades y supone adoptar una postura atea o creyente, que no por sesgada deja de ser la única aplicable si uno busca respuestas certeras. Es altamente probable que Dios no exista y, si lo hiciese, nunca llegaríamos a conocerlo. A no ser claro, por su propia voluntad, pues la fecha de la segunda venida establecida por Newton está aún por llegar.

Como aseguraba Lemaître “nunca se podrá reducir el ser supremo a una hipótesis científica”, es decir, nunca encontrarán la explicación a un milagro, y si Dios llama algún día a su puerta con voluntad de explicar por qué llega tan tarde y por qué ha permitido artículos como este (entre tantas otras desgracias que usaron también su nombre como excusa y bandera), no podrán ustedes demostrarlo ante nadie. Pero nadie podrá tampoco demostrarles lo contrario.

Por lo pronto, yo me decido por ir más allá de la manida idea de que la bondad de cada hombre y mujer es el único dios, y apostar por el hecho de que los hombres y mujeres que más de esa cualidad tienen son lo más similar a un Dios que conoceremos nunca. Decidan ustedes si estas son las palabras de un mal creyente o un buen ateo y, si Dios pasa por su casa, pregúntenle su opinión. Tal vez hasta esté de acuerdo.

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