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Con música de fondo

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Si te impiden enamorarte del estilo musical que te corresponde, la vida puede convertirse en un amargo paseo

Una conversación como cierre a una noche de farándula puede llegar a dar frutos. De hecho, poco arte ha de tener uno en el manejo de la ebria palabra o de la propia noche para que no acabe por darlos. Debían de ser las tres de la mañana cuando, hace un par de días, conversaba con un amigo sobre la música. Estábamos sentados en su balcón, durante una de las primeras noches con primavera certificada que ha ofrecido este año Valladolid. El balcón, que a priori podría parecer demasiado pequeño para que ocurran en él grandes cosas, cuelga sobre uno de los parques de nombre enigmático que proliferan por el barrio en el que vivimos. La Ele, se llama en este caso y, créanme, no tiene forma de esa ni de ninguna otra letra.

Volvamos, en cualquier caso, a la historia principal. Mientras girábamos en torno a temas sin importancia y procurábamos no convertir el balcón en un lugar inestable, una musical figura comenzó a atravesar la plaza bajo nuestros pies. En su móvil se escuchaba lo que reconocimos como un mítico tema de Public Enemy y, al menos durante veinte segundos, guardamos un improvisado silencio. No se trata de ningún tipo de ceremonia, pero aquel sonido, que durante ya varios años nos hemos atrevido a considerar como nuestro, supuso un paso clave para la conversación. “Cuantas discusiones habrían sido diferentes si algo así hubiese sonado de fondo” acertó a decir mi colega sin darse demasiada importancia. Esta, una de las frases más certeras que he escuchado en los últimos meses, justificó todo el tiempo invertido (que no perdido) en conversaciones etílicas. Aún así, movido por lo personal y tal vez sin necesidad, me propongo llevarla más allá y lanzar otra reflexión, como la de mi colega, casi en forma de suspiro: Cuántas vidas habrían sido diferentes si algo así hubiese sonado de fondo.

No se asusten cuando oigan la palabra, pero les estoy hablando de rap. Creo con firmeza en la incuestionable capacidad de cualquier música a la hora de transformar la existencia de una persona. Quizás, como yo topé con el hip-hop muchos otros toparon con el rock o el flamenco a la hora de construir su personalidad. Con cosas como el indie, sinceramente, lo dudo más. Aunque he de reconocer la capacidad constructiva de cualquier música, debo a la vez enarbolar la bandera del rap para defenderlo tanto como lo estimo. Hasta el punto de considerarlo germen y cimiento de la persona que soy.

El Hip-Hop como instrumento vital

Antes de enamorarme de la literatura, mantuve una improductiva relación con la música. Me sitúo en mis diez años y puedo verme con lujo de detalles frente a mi vieja flauta melódica. Después esa flauta se convirtió en piano y, después, rendido ya ante la evidencia de mi poco virtuosismo con las teclas, ese piano tomó forma de MP3. Fue también por aquella época cuando descubrí que había quienes aseguraban poseer un milenario poder que les permitía fusionar versos, ataques y notas. Ese fue, hasta el momento, el mayor descubrimiento de aquel niño de diez años.

Recuerdo escuchar rap fascinado mientras caminaba al pueblo vecino a jugar al fútbol. Por entonces, en torno a 2007, había ya grandes grupos en el panorama español. El alcance de su música, sin embargo, era aún bastante más limitado de lo que es hoy. No convertiré el artículo en un alegato en favor de mayor porcentaje de hip-hop en nuestras radios musicales o un merecido insulto a todos aquellos padres que algún día quisieron alejar a sus hijos de esta música y, con ello, de una cultura que, como sucedió conmigo, pudo llevarle a tantas otras maravillas. Pero sí les diré, a los responsables de una y otra cosa, que se equivocan.

Puedo decir orgulloso que través del rap llegó mi primer contacto con el amor adolescente, en forma de canciones de instituto. A través de él despertó también mi conciencia social y se cerró mi puño frente a la injusticia, gracias a Un Dia en Suburbia. Fue del rap de donde tomé gran parte de los valores que me guían y que, me gusta pensar, van mucho más allá del respeto o del keep it real. Le debo a su vez mi amistad con mucha gente con la que el chaval de la melódica nunca hubiera creído hacer buenas migas. Es él el principal responsable de mis primeros textos, en forma de rapeo, y el único culpable de mi salto a la poesía. Si el rap no se hubiera cruzado en mi vida, seguramente, ni siquiera hubiera descubierto la escritura como vocación -acabo de imaginarme estudiando la ingeniería que mi padre hubiera querido y he tenido que cerrar la ventana del salón para evitar tentaciones-.

Hoy, el hip-hop es la banda sonora de mis fiestas y mis resacas, de mis viajes y mis naufragios. Hasta la banda sonora de mi pensamiento. Por esto y mucho más deseo que sus hijos, sus hermanos pequeños, sus sobrinos y ustedes mismos, amen la música, cualquier música, incluso el indie, y lo hagan destrozando los prejuicios. No cierren puertas al arte o, al menos, no quieran cerrárselas a nadie. No sé cuántas vidas habrían sido diferentes si el rap hubiese sonado de fondo, pero puedo asegurar que sin él, la mía, difícilmente hubiera encontrado el auténtico sentido. Solo los hombres tristes y las palomas enfermas pueden vivir sin hallar su música.

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