Periodismo Participativo en Red
 

Morir jóvenes

Want create site? With Free visual composer you can do it easy.

La vejez se presenta como una etapa que deberíamos, casi a toda costa, intentar saltarnos

El viento de primavera convierte esta calle del centro de la ciudad en un desfiladero. Son las cuatro de la tarde cuando logro abrirme paso frente a la fuerza de esos invisibles trescientos. He tardado un par de minutos más de lo que tardaría con el aire a favor, pero veo que he llegado a tiempo. Un autobús urbano cargado de pasajeros se detiene en la parada, frente a mí. Suelo mostrarme reacio a entrar en lugares donde pueda encontrarse más de un ser humano por kilómetro cuadrado. Sin embargo, por esta vez, saco un par de monedas sudadas del bolsillo de atrás de mi pantalón y se las entrego al barquero. Solo yo me he subido al autobús en esta parada. Vamos dirección al centro. Cuando recibo orgulloso mi vuelta de media moneda y me giro cara a la multitud con intención de abrirme un hueco, comienzo que a pensar que tal vez esté a bordo de una improvisada barca de Caronte.

Todo lo que encuentro son rostros ancianos. Al fondo del autobús, un caballero de boina verde mira por la ventana con tal intensidad que parece estar despidiéndose de algo. Dos asientos más adelante un hombre sencillo y una mujer elegante, ambos por encima de los setenta, se acaban de soltar la mano. No lo han hecho para revisar sus teléfonos móviles. Ella saca un pequeño espejo de un bolsito de piel, él la mira mientras lo hace. Vuelvo a tener la sensación de que alguien se está despidiendo de algo y aparto la vista. No soy quién para inmiscuirse en miradas tan veteranas. En la siguiente parada suben dos mujeres. Una de ellas, de mediana edad, asegura al conductor que no tiene que pagar billete. Mi acompañante es de la ONCE, es invidente y tiene que ir siempre acompañada por mí, le explica con humildad. El conductor, con una calva tan amplia y luminosa que podría incluso recalificarse, contesta de malos modos y se muestra reticente a que la mujer no pague. Que cómo puede saber él, a pesar de la tarjeta que le muestran, que la señora es de verdad invidente. Valiente gilipollas, pienso mientras veo que las deja pasar ante las miradas inquisitivas de los viejos y la mía propia. Ni siquiera Caronte debería ser tan desagradable, me digo. Quizás sus anteriores experiencias con Hércules le han hecho replantearse lo de no exigir el pago. Tendrá que aguantarse, al menos por esta vez.

El paso de la laguna Estigia (1520-1524) Patinir

Muertos de tristeza

En mi fantasía, comienzo a hacer cábalas de cómo ha fallecido la gente de a bordo. El señor de la boina verde ha abandonado su plaza en la popa y se ha revelado como un sorprendente y gigantesco monolito que ahora se clava frente a la puerta esperando su momento de salir. Si Caronte se hubiese enfrentado a un tipo de tal envergadura, fuese cual fuese su edad, estoy seguro de que hubiera puesto menos pegas a su entrada gratuita. Buscando una explicación a su muerte me doy cuenta de que solo encuentro una para él y para toda la tripulación. Creo que están allí porque murieron de tristeza. Y es normal, me digo, parecen llevar tiempo completamente abandonados. Uno no puede morir de otra cosa si se convierte en anciano. Por un momento deseo ser la mujer ciega que ha subido para no contemplar el espectáculo. Comienza a generarme angustia cada tos, cada mirada perdida por la ventanilla y esa mujer que aprieta el bolso sobre su regazo, con las dos manos, como si fuera una rata aferrada a un trozo de queso. Cuánto tiempo llevarán así, en este estado. El hombre de la boina abandona el autobús y, como si algo de él se hubiese quedado, llega de repente hasta a mí un olor familiar. Rápido comprendo que ese olor ha rondado desde que subí al autobús, de hecho, parece venir de todos y cada uno de los presentes. Estaban tan centrado en la escucha y la observación, que había descuidado mi sentido del olfato.

Empiezo a comprender qué hago en la barca de Caronte. He de morir, me digo, y esto lo sé desde hace años, antes de ese particular ocaso en que uno pierde su fragancia personal, la que le ha acompañado toda la vida. Se adquiere entonces ese otro olor, duro, opaco y rancio. Sé que lo han experimentado. Visiten una planta de geriatría, entren en un autobús atestado de ancianos. Es como si el azufre los hubiera empapado. Siempre la misma peste; el olor a cuero, a carne que se pudre y a recuerdos que se mueren. Cuando uno es joven, ¿por qué no apostar por saltarse este etapa e ir directamente a la siguiente?

Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
Sin comentarios

Sorry, the comment form is closed at this time.