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Cuidadores, niñeros, cocineros, cambiadores de pañales y, sobre todo, los segundos padres de miles de niños

Los abuelos se han encargado del cuidado de los nietos desde tiempos inmemoriales. Han sido muchos los casos, y lo siguen siendo, en los que los padres no se pueden ocupar del mantenimiento de sus hijos, ya sea por factores económicos, disponibilidad de tiempo o trabas personales como enfermedades. Aun así, no importa cuál sea el problema, los “yayos”, “tatas” y “abus” están dispuestos a ser los tutores y mantenedores de los muchachos. Tal es su importancia que organizaciones como la ONU han asignado un día en conmemoración a su figura, el 26 de julio de cada año.

Al salir de clase, pocos progenitores pueden desplazarse a tiempo hacia los respectivos colegios para recoger a sus niños. Menos tiempo aún para llevarlos a las actividades extraescolares. Las matemáticas, fútbol, karate, cursos de inglés… Todos los profesionales encargados de impartirlas se irían a pique de no ser por los abuelos. Y es que, por regla general, son ellos los que van a buscar a los muchachos cuando salen de clase, los dan de comer en sus hogares mientras ven sus dibujos animados favoritos, los vuelven a conducir hacia su próxima tarea y finalmente los dejan en su casa, su segundo hogar. El primero es la casa de los yayos, pues es aquí donde más tiempo pasan y donde tienen depositadas casi todas sus pertenencias, desde la mochila con los deberes hasta las figuras de dinosaurios y cuadernos para colorear.

Es importante recalcar que no es precisamente necesario ser padre o madre para ser abuelos y abuelas. Muchos hogares no gozan de la suerte de contar con estos antepasados en su núcleo familiar. Es por ello por lo que su función principal se asigna a los tíos, los que se pueden considerar como los segundos o principales yayos. Estos también se encargan de la custodia de los sobrinos a tiempo parcial y completo, son los cocineros y cuidadores, y además consiguen sacar tiempo para jugar con los muchachos y sacarlos unas risas. No todo van a ser problemas de matemáticas. Los chiquillos también deben ser niños, jugar, salir al aire libre y disfrutar. Se aprende más fuera con la naturaleza que viendo la tele, y tanto los profesores como los abuelos lo saben.

Quien tiene un abuelo, tiene un tesoro / PIXABAY

Una vez los chavales crecen, ya no suelen estar tantas horas en casa, ni en la de sus padres ni en la de sus otros padres. No obstante, no por ello el trabajo de los abuelos es menos importante o ya no se necesita. Ellos son su brújula, sus eternos cómplices y sus principales consejeros. Temas como el amor, el desamor, los complejos… No hay nada que se les resista. Son auténticos superhéroes pero no siempre llevan capa. Además, también son los ángeles de la guarda, grandes instructores y autores de miles de refranes que ya forman parte de nosotros. “Dos caminos tiene el dinero: viene despacio y se va ligero”, “Hay gente que se cree el ombligo del mundo y resulta ser el culo del universo”, “A buen entendedor, pocas palabras bastan” o “Caras vemos, corazones no sabemos” son algunos de los más reconocidos.

Los abuelos resultan fundamentales a la hora de asentar la personalidad y terminar de configurar el carácter, muchas veces sucesor del suyo propio. No solo se heredan los rasgos faciales, las muecas o los gestos corporales. La forma de ser también es un legado evidente y del que no hay que desconfiar. Somos lo que somos gracias a ellos, aquellos ancianos que nos lo dan prácticamente todo, seres arrugados y llenos de bondad y de buen corazón. Personas con el cielo ganado y a los que hay que guardar un enorme respeto por encima de todo. Al fin y al cabo, nos han educado a lo largo de nuestra vida, y en un futuro, cuando nos toque meternos en su papel, agradeceremos y comprenderemos su enorme labor. Gracias, abuelo, allá donde estés, te quiero.

“Dime con quién andas y te diré quién eres”

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