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Aquellos capaces de convertir la amistad en un acto de altruismo

Las paredes del edificio eran finas y podía escucharse con nitidez el reloj de pared del vecino. Hacia apenas diez minutos había rugido tres veces seguidas, recordándole, una vez más, la llegada de la madrugada. Se encontraba despierto y estirado sobre el sofá, mientras los sonidos de la calle se fundían y apagan lentamente. Quince minutos después un ruido estridente, que sonó a música en mitad de silencio, le aceleró el corazón, obligándole a erguirse en el sillón. El ruido de unas llaves se intensificó y la puerta del piso se abrió despacio, como si quién viniera no tuviera demasiadas ganas de anunciar su regreso. Sin embargo, él no pudo más que abandonar el querido sofá y correr a su encuentro.

 

– ¿Cómo estás? -quiso preguntar en mitad de un gesto nervioso y canino que le dificultaba el habla. Antes de articular palabra, ya había recibido la respuesta.

-Es tarde -escuchó, a la vez que una mano piadosa atusaba su pelo, más despeinado esta noche que tantas otras.

 

Un par de zancadas evasivas sirvieron para dejarlo de lado y cinco segundos después contemplaba la espalda de su amigo alejándose por el pasillo. Quiso seguirlo y no pudo evitarlo. Vio cómo se sentaba en el salón, en el hueco que antes él había ocupado y, aunque eso estuvo a punto de molestarle, no podía más que las ganas de abrazarlo. No supo hacerlo, sin embargo, y se limitó a ocupar un hueco a su lado, situándose tan cerca cómo pudo de la línea de espacio personal que el hombro de su amigo marcaba en el respaldo.

 

-Dime algo -se dijo.

-Háblame -repitió después en alto.

-¿Qué ocurre? -contestó la otra parte al sentirse apelada y, como si los deseos del primero fueran también parte del silencio, no hizo más esfuerzo que el de ignorarlos.

-Vuelve a tocarme el pelo, anda, vuelvo a hacerlo, como lo has hecho al llegar, o un par de veces más, por favor, entonces me tumbaré a tu lado y ni siquiera me molestaré en pensar dónde has estado -.

-Apuesta por la calidad, incluso en los pequeños detalles… –recitó de memoria la televisión.

 

Por un momento creyó haber recibido respuesta, pero ese aparato del demonio había vuelto a traicionarle. Ni siquiera podría haber asegurado si su amigo acababa de encenderla o él mismo lo había hecho en algún despistado paseo por el sofá. Nunca le había interesado demasiado lo que de allí pudiera salir, pero la soledad en primavera se hacía inabarcable y una voz de fondo incluso podía salvar una vida. Últimamente no veía demasiado a su amigo.

 

-Creo que era diferente cuando comenzamos a vivir juntos -pensó.

 

Pero tampoco le importaba demasiado. Su amigo se iba pronto cada mañana. Cogía su mochila y no aparecía hasta la tarde. Solía llegar cansado, o eso creía él, pues las explicaciones no eran algo habitual. Comía en casa y él aprovechaba cada segundo que tenía para observarle, incluso buscando aquellos puntos desde donde pudiera hacerlo sin recibir reproches. Sabía que poco después se marcharía y él quedaría allí, esperando. Se había convertido en un apéndice de la casa y las pocas imágenes que podía retener de su viejo amigo le animaban como nada a afrontar la tarde. Un paseo por este pasillo, una visita a la cocina y quizás un rodeo por el baño eran todas sus aficiones. Y esperar a su colega. Y morirse de ganas, claro.

Aquella noche, mientras veían la televisión, su acompañante se quedó dormido y él, en un ejercicio de travesura que le parecía utópico, aprovechó para tumbarse ligeramente en su regazo, con el reloj del vecino ya marcando las cuatro. Repitió entonces su mantra de cada noche.

 

-Será mañana cuando me lleve con él allá donde sea que va-.

 

Cerró los ojos e intentó dormirse al compás de un corazón que, a diferencia del suyo, aun en compañía del otro notaba triste. Se preguntó que más podía desear en el mundo que aquello que ellos dos tenían. Cerró los ojos y se abandonó, sin encontrar respuesta. Durmió entonces; durmió con la sonrisa invisible del viejo perro que, cada madrugada, vuelve a enamorarse.

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