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No engañen a los niños

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No la busquen, no encontrarán en nuestra educación ni una sola herramienta que les pueda ayudar a ser felices

En mayo florecen las bibliotecas universitarias. Lo que por momentos perdió su función y se transformó en páramo, cobra vida en este mes. Es fácil percibir un clima de total esfuerzo, algo que hasta podría llegarse a confundir con la pasión. Como un monje escribano, con la cabeza gacha, el joven sentado frente a mi guarda un silencio, casi de muerte, que nunca llegará a haber valido para nada. Parece que incluso el sonido de mi teclado le está molestando, no me extraña. Aprobará su examen, he de suponer, y como un gladiador que lucha porque no hay más opción que enfrentar la batalla, disfrutará su victoria increíble. Y mientras tanto, en alguna otra aula, otro caerá en la arena y habrá comprendido que su inversión en silencio fue improductiva.

Hemos crecido memorizando como la vía más rápido para labrarnos un futuro y, lo más rematadamente duro, es que todos sabemos que no es el camino. Nos educaron en la cultura del esfuerzo y la competitividad, convirtiendo las aulas en un azote que nos deja el culo vibrando aun cuando llegamos al ámbito universitario. Lo odiamos, díganle a los niños que no nos miren con admiración sino con lástima. Odiamos estudiar tanto como ellos, y alguno ni siquiera comprende por qué se metió en este lío. Avísenles de que les pasará lo mismo.

Si las encuestas fueran sinceras, gustoso demostraría que los universitarios no son felices. Lo son cuando salen, cuando disfrutan de una terraza o incluso cuando leen por placer, pero no cuando sentados frente a un papel o una pantalla se convierten en eso, estudiantes. Ya es tarde para hacernos comprender que la educación puede ser también una vía para convertirnos en alguien más completo. En un ser humano con más herramientas para la felicidad. Por el contrario, nuestra formación es un paso tras otro en la dirección fija de encontrar un empleo formal, que nos permita tener una pareja formal, quizás, formar una familia formal y tener una vida más o menos formal. Día tras día verán ustedes cruzar por sus aulas la idea de que en sí misma la cultura no vale para nada, es solo la herramienta para enfrentar una examinadora batalla que siempre dejará vencedores y vencidos. Que no se preocupen los segundos, todos estamos realmente en el mismo bando.

HART HERSENEN // FUENTE: GEZONDER LEVEN

Nuestro futuro está ya determinado

Es normal el clima de desmotivación que se percibe en los centros. Dirán que suena utópico plantear la educación como un acto de enriquecimiento y no de formación, dirán también que la obligación de las instituciones es prepararnos para la vida adulta, pero lamento comunicarles que ninguno de nosotros, estudiantes, saldremos de aquí preparados. Y si piensan ustedes eso es porque así nos lo enseñaron. La educación debe darnos los instrumentos para enfrentar el mundo real, pero no puede convertirse exclusivamente en un camino hacia las tristezas de la vida adulta. Eso no es preparación. Aunque esa batalla, créanme, ya la hemos perdido.

Esta mañana, un grupo de niños de unos diez años vinieron a visitar nuestra universidad, ¿cuál es el fin de ese tipo de excursiones? Tal vez mostrar a los niños el siguiente paso en su monótona vida, como cuando el estudiante universitario visita su futuro centro de trabajo. Ya han decidido por nosotros cual es el fin de nuestra formación, se lo aseguro.

Está bien, enséñenle a los niños las instalaciones, pasen con ellos delante de los admirables estudiantes que, sentados en las escaleras, fuman un inalcanzable cigarro. Les gustará verlo, estoy seguro. Pero díganles también que han de tener miedo, que este es el camino que deberán de elegir si aspiran a abandonar el rebaño y es un camino que, incluso en meses tan maravillosos como el de mayo, está plagado de frustración.

Díganles que ya lo han decidido por ellos: el signo de su vida será estudiar para ser buenos profesionales, pero nadie les dirá cómo coño ser felices.

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